jueves, 29 de enero de 2009

'Cinema Paradise' en Vilarmaior


La festividad de San José es el mejor día para hacer taquilla. Gentes de todas partes, vestidas de domingo, acuden al Vilarmaior, al lugar de A Feira do Tres. Vienen de parroquias como Miño, Bemantes, Callobre, Guimil, pero también podemos encontrar a algún coruñés rezagado. Después de curiosear por los puestos de venta, de comer pulpo, empanada y lacón, de algún que otro baile robado en la verbena, llega el momento que todos esperan. Y es que en el Cine Radio de Vilarmaior hoy tienen sesión continua.


Elsa Dopico recuerda con cariño el viejo cine de barrio, una idea que un veciño emigrado a América, Juan Varela, se trajo de esas tierras, junto con las remesas de dinero y los sinsabores de los muchos años de trabajo por países como Cuba, Argentina o Estados Unidos. “Quedó impresionado por el cine y desde entonces le andaba rondando la idea. En cuanto tuvo la oportunidad compró un terreno con seis socios para hacer el local”. Unos albañiles de Miño, conocidos como los Chiscos, fueron los encargados de construirlo. Con el edificio ya terminado sólo quedaba bautizarlo y cómo Juan Varela tenía una tienda de aparatos de radio no hizo falta darle muchas vueltas: Cine Radio. ¿No era ese el nombre que llevaban algunas de las salas internacionales más importantes? Por fin, en 1942 las puertas del Cine Radio se abrían al público y una pequeña revolución cultural empezaba a fraguarse en A Feira do Tres. Primero tímidamente, después casi como un ritual sagrado, el público empezó a frecuentar el séptimo arte.

Se forman largas colas frente a la taquilla. En días como hoy el aforo del local, más de cien plazas entre las butacas entre la planta baja y el gallinero, no llega a nada. Ya en el interior, las luces comienzan a bajar y el bullicio se transformaba primero en un murmullo, a continuación en susurro... José Seijas, encargado del aparato de proyección, hace girar la manivela, las imágenes comienzan a proyectarse sobre la pantalla y el silencio ya es total. La magia del celuloide esta en marcha...

Lo primeros años predominaban las películas españolas. Eran los tiempos de Jorge Negrete, Juanito Valderrama, Juanita Reina, Carmen Sevilla... Estas producciones fueron cediendo protagonismo a actores y actrices más internacionales, como la italiana Sofía Loren o nuestra Sara Montiel, que si bien era española de origen su proyección estelar la situaba al lado de los grandes de Hollywood. A lo largo de su historia hubo grandes taquillazos, como “Adiós Pampa Mía” o ‘Marcelino Pan y Vino’, también tenían mucho éxito las películas de Marisol. Pero el éxito más sonado fue ‘Lo que el Viento se llevó’. “Se proyectó hasta tres veces seguidas”, recuerda Elisa. Pero por encima de los éxitos están las preferencias personales. Esas historias que nos marca para siempre. Elsa quedó impresionada por una película de la que no recuerda el título pero el argumento le quedó grabado para siempre. “Aparecía una monja que había tenido una hija antes de coger los hábitos. Ella sabía que era su hija, pero la chica no conocía a su madre”. Un argumento algo subido de tono para aquellos tiempos, pero en A Feira do Tres el cura hacía la vista gorda. “Era casi de la familia y no se metía en nada. Solo nos decía: A ver que me vais a traer esta vez”.

El público está emocionado. La historia de un amor no correspondido hace saltar algunas lágrimas entre los sensibles, sirve de excusa a las parejas de novios para hacer arrumacos en la oscuridad y mueve la nostalgia de quienes, ya entrados en años, recuerdan sus primeros escarceos de juventud. Claro que siempre están los que no se enteran de nada...

Los menos avispados siempre recurrían al experimentado José Seijas, encargado de la cámara de proyección, para que les aclarase lo que se les antojaban tramas incomprensibles: “Había gente que no entendía bien, que no asimilaba. Y decía: Pues no me gusta nada esta película. Les explicabas un poco el argumento y enseguida decían: Vaya, ahora sí que me gusta”. Pero no era esto lo más llamativo. A algunas gentes del rural, poco acostumbradas aún a las imágenes en movimiento, eso del cine les parecía cosa de brujas. “Había un señor de Bemantes que si en una película aparecía un tren o un avión iba a mirar detrás de la pantalla a ver de donde había salido”, recuerda Seijas.

Algo no marcha bien. El rollo se ha atascado y la pantalla se queda en blanco. Silbidos y pataleos inundan la sala. Los gritos se dirigen contra el proyeccionista. “¡A ver, ese técnico, que no se ve nada!” José Seijas procede con habilidad y rapidez. Los últimos rollos no los han mandado en muy buenas condiciones. No es culpa suya que se atasquen, pero con unos rápidos ajustes las magia vuelve a la sala...
Las películas las mandaba una casa de Coruña a través del coche que llevaba la leche. No había otro medio de transporte. “Llegaba una cada semana, la mayoría eran películas españolas y había alguna americana que casi siempre era la gran novedad. Por una película buena había que traer cinco corrientes”, explica Seijas. Cada filmación estaba constituida por al menos media docena rollos que se vendían a 10 reales cada 300 metros.

La palabra FIN aparece grabada en letras blancas, tapando el último beso de dos amantes que, por fin, se reencuentran. El público comienza a abandonar sus asientos, algunos permanecen unos minutos escuchando la música que acompaña a los títulos de crédito. Los socios del Cine Radio respiran aliviados. Ahora empieza la diversión para ellos.

Habitualmente el cine sólo funcionaba los fines de semana y se proyectaban dos sesiones, una los sábados por la noche y otra los domingos por la tarde, pero los días de feria eran diferentes. Había programa doble y el público acudía en masa a disfrutar de los últimos estrenos. Para los socios del Cine Barrio se multiplicaban los ingresos, pero también el trabajo, especialmente el 19 de marzo, la festividad patronal de Vilarmaior. “Ese día hacíamos hasta cuatro sesiones. No se paraba de trabajar, comíamos y cenábamos a las cuatro de la mañana”. Claro que nunca falta un soplo de aire fresco entre tanta fatiga. “Como los días de fiesta no podíamos ir al cine, José nos ponía una película para los camareros del bar”, explica Elisa.

En los últimos años muy poca gente se acercaba a la vieja sala. José ya no estaba de operador, lo había dejado hacía tiempo. La TV llegaba con fuerza y el cine, por el que había que pagar, aunque sólo fueran tres pesetas, empezó a perder interés. Poco a poco el viejo Cine Radio fue agonizando hasta que en 1970 protagonizó su último drama. “No volví más a una sala de cine desde que se cerró. Sólo fui a ver Titánic, que era mucha cosa”, revela José Seijas con un poco de timidez, como si hubiera traicionado a un viejo amigo. En este reencuentro fugaz el proyeccionista quedó impresionado por lo que habían cambiado las cosas. “En lo que a calidad se refiere las películas de ahora son mucho mejores. El sonido y la imagen no tienen comparación”. Pero por lo demás nada interrumpió su exilio voluntario de las grandes salas. “Quedé cansado, fueron muchos años, pero cuando echan en la tele una de las que yo ponía, no me la pierdo. Así me tiene más gracia”.

Del antiguo Cine Radio hoy sólo quedan algunas filas de butacas, con la madera carcomida y llena de polvo, una pantalla hecha jirones y ese viejo proyector que cada día parece más deteriorado. Pero entre las reliquias del pasado, sobreviven aún los recuerdos de un tiempo en el que ver una película al abrigo de un cine de pueblo constituía casi un acto de fé.
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