jueves, 21 de noviembre de 2013

El niño que emigró a Buenos Aires con un revolver



Jesús J. Blanco / Santiago

Vigo, 1912. Un niño de tierna edad entra en una armería próxima al puerto. Se dirige al mostrador y le pide al dependiente un revolver que acaba de ver expuesto en el escaparate y cinco balas de repuesto. Atónito, la primera reacción de este es negarse, pero el pequeño es perserverante. Hay algo en su mirada. Fuego en los ojos, una determinación, un destino. “La compré con toda la seriedad de mis pantalones cortos”, declararía muchos años después un Javier Vázquez Iglesias ya adulto. Pero retrocedamos.
 

En aquel entonces iba a emprender un largo viaje y no estaba dispuesto a hacerlo indefenso. Había nacido en Taboada (Lugo) en 1899, donde transcurrió su infancia hasta la edad de 13 años. Viéndole sus padres inteligente y resuelto, y ante la situación de precariedad por la que atravesaba la familia, decidieron que la mejor salida para el pequeño Javier era la emigración. La idea de “hacer la América”, popularizada por las compañías navieras, gozaba de una gran aceptación en la Galicia rural de principios del siglo XX. Los habitantes de las “vilas” y aldeas presenciaban con admiración y cierta envidia como algunos de sus vecinos retornaban de “alén mar” convertidos en indianos ricos, levantaban ante sus narices ostentosas mansiones y realizaban numerosas obras sociales con las que afianzaban su imagen y popularidad. Siguiendo uno de los itinerarios habituales Vázquez Iglesias se embarcó en el puerto de Vigo, en un mercante con destino a Buenos Aires.. Al ver como su barco, de nombre Anglo, se adentraba en el mar, cuenta que le vino a la mente la imagen de su madre: “Su sombra tutelaba mis pasos. Su saudade fue el timón para mis esfuerzos”.

LA DURA TRAVESÍA
El largo viaje por mar y sus muchas incomodidades se veían agravados por la falta de alicientes para quien tenía pocos recursos. “Fueron treinta y tres días con muchos sueños y pocas pesetas el bolsillo”, recordaba el empresario. Antes de llegar a Río de Janeiro sufrieron un accidente de navegación que motivó una llamada de auxilio, pero ni estas ni otras dificultades pudieron enturbiar sus esperanzas, ilusionado con las oportunidades que le ofrecería el nuevo continente.

Una vez en Buenos Aires consiguió su primer trabajo en un negocio situado en la calle Juncal y Salguero, en el que le pagaron su primer sueldo, de 15 pesos mensuales: “los que más me costaron ganar y los que recibí con más alegría”. A esta actividad le siguieron múltiples ocupaciones en las que el joven emigrante progresaba rápidamente. A los 18 años era ya gerente de una sucursal dedicada a la Vendimia, tal vez, según sus palabras “el gerente más joven de aquella época”. Estas experiencias fueron puliendo a Vázquez Iglesias, otorgándole capacidad de observación, seguridad en la toma de decisiones y confianza en sí mismo, cualidades que le llevarían a convertirse en propietario de una importante empresa metalúrgica especializada en la fabricación de materiales para automóviles.
 

JVI S.A
En efecto, en 1928 fundó la compañía Javier Vázquez Iglesias S.A., que en sus inicios se dedicaba a la venta de naftas, lubricantes y al servicio y mantenimiento de autobuses. En 1933 la empresa obtuvo su primera licencia en el país para la importación de camiones. Desde entonces, continuaría inmersa en la comercialización de automóviles, camiones, ómnibus y vehículos adaptados, tanto nacionales como de importación. Pero mantener el liderazgo no resultó fácil para una actividad que dependía en gran medida de las relaciones internacionales, al tener que afrontar primero las dificultades derivadas de la Segunda Guerra Mundial y, al finalizar esta, las trabas derivadas de la alternancia de sistemas económicos proteccionistas y de libre mercado en su propio país.
Pero siguió creciendo. A principios de los años 50 las diversas plantas de su empresa ocupaban 80.000 metros cuadrados. En estas instalaciones se fabricaban ruedas y “lamialpinas” para todo tipo de vehículos, materiales de fricción, cintas de frenado, bloques, forros de embrague y juegos para usos industriales, además semiremolques y ruedas para el ferrocarril. Todo funcionaba gracias a la acción coordinada de 230 obreros y un equipo de 50 administrativos que controlaban todos los engranajes burocráticos. Lejos de limitar su actividad a este sector, Vázquez Iglesias también dirigía la Compañía de Seguros S.U.R, proyectaba la creación de una fábrica de bujías y tenía planes para extender sus negocios a Estados Unidos.
 

LÍDER DE LA COLECTIVIDAD
Con el fin de afianzar su capacidad de liderazgo, pero también imbuido del amor por Galicia que siempre le caracterizó, el siguiente paso de Vázquez Iglesias fue tomar parte en el principal órgano político de la emigración. Con determinación que le caracterizaba se presentó a las elecciones del Centro Gallego en 1950 y, por supuesto, ganó.

El galeguista Bieito Cupeiro calificaría su mandato como “uno de los más fructíferos de la entidad”. Entre sus principales logros destacaba la afiliación de más de 100.000 nuevos miembros, la integración de las diferentes agrupaciones mediante una política que favorecía los pactos y alianzas, y las mejoras introducidas en la gestión, al incorporar profesionales competentes en todos los departamentos. “Se supo rodear de los hombres de mayor valía con los que podía contar, sin reparar a qué facción estaban adheridos, con tal de que fuesen de bandera democrática”, afirmaría el periodista argentino Víctor Luís Molinari. Su legislatura supuso además una potenciación de las actividades culturales, que hasta entonces sólo destinaba a ellas el 2% de su capital social. En el plano ideológico trató de situar este organismo en la línea de los sectores más progresistas de la colectividad, rompiendo así con la ambigüedad que había caracterizado su funcionamiento anterior.

Fue también en su etapa en el Centro Gallego cuando trabó una estrecha amistad con el artista e intelectual exiliado Luís Seoane, a quien puso al frente del departamento de Cultura y de la revisa Galicia, el boletín oficial de la entidad. Seoane dotó de nueva vida a la publicación, que viviría una de sus etapas más prósperas y creativas. También apoyó a Seoane en iniciativas particulares como la puesta en marcha la revista y la audición Galicia Emigrante en los años 50, convirtiéndose en el principal anunciante de ambos medios, un gesto que le haría ganar el apoyo incondicional de su amigo.


RECONOCIMIENTO

En 1955 fue relevado de su cargo en el Centro Gallego, pero su memoria había dejado huella. Al año siguiente la colectividad organizó una cena en su honor en el salón Les Ambassadeurs a la que asistieron más de 1.200 comensales. El evento, con gran difusión periodística, contó con la asistencia de muchas figuras notables de la vida institucional gallega. Entre ellos estaba Eduardo Blanco Amor quien destacó la revitalización cultural de la entidad durante el mandato del empresario y los esfuerzos realizados en pro de la unidad de los gallegos. El homenaje marcaba el final de la etapa de Vázquez Iglesias en el Centro Gallego pero no de su actividad en las instituciones societarias, pues no tardaría en hacerse con la presidencia del Centro Lucense, entidad de la que había sido miembro fundador. También mantuvo sus actividades empresariales durante la década siguiente con ese mismo nivel de impulso emprendedor.

El dinamismo que le caracterizaba hizo que su repentino fallecimiento a la edad de 70 años sorprendiera a quienes le conocían. El 19 de octubre de 1969, desde la audición que tanto le debía a su generosidad, se pronunciaban estas palabras en su memoria, que bien podrían considerarse un epitafio: “Javier Vázquez Iglesias probó con sus actos ser un verdadero demócrata, un hombre de ideas liberales, que no renegaba de su origen y a quien placía nuestra lucha por el reconocimiento de las diferencias de Galicia”.
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