jueves, 29 de enero de 2009

Las Cruzadas Infantiles


Uno de los episodios más llamativos y espectaculares de tráfico de pesonas documentados en la historia de la humanidad son las Cruzadas Infantiles, que tuvieron lugar en la plenitud de la Edad Media, una época en la que se conjugaban la pobreza con la crisis de valores por la que atravesaba la sociedad. En el año 1212 dos expediciones conformadas por más de 50.000 niños partieron respectivamente de Francia y Alemania hacia Jerusalén. Les movía la idea de que su fe infantil les haría triunfar allí donde los mayores habían fracasado. La historia reúne todos los ingredientes de la literatura fantástica y, de hecho, existen novelas y cómics que relatan los acontecimientos narrados. Sólo por esta vía han llegado al gran público pues, ya sea porque no daban una imagen muy positiva de la Iglesia católica, o porque resultaban poco comunes y pintorescos, fueron relegados a meras notas a pié de página en los libros de historia, en vez de otorgárseles la importancia que merecían.

En el año 1212 la Iglesia Católica atravesaba uno de sus peores momentos. En los años anteiores cuatro Cruzadas habían partido hacia Jerusalén y las cuatro se habían saldado con el más estrepitoso fracaso. Sin embargo el papado, tal vez animado por las espectativas que había creado la toma de Constantinopla bajo poder Occidental en 1204, no cejaba en su empeño de llamar a los católicos de liberar Jerusalén. El historiador medievalista Runciman señala que durante los últimos quince años habían recorrido Europa predicadores que apremiaban a una Cruzada contra los musulmanes de Oriente o de España o los herejes del Langedoc. Otros autores estudiaron el tema señalan que aún estaba latente la fuerte impronta que en el siglo XI causaron las predicaciones de Pedro el Ermitaño.

En las inmediaciones de Colonia un grupo de personas, instigadas por la predicación de un niño llamado Nicolás, comenzaron a peregrinar hacia el Rhin. Decían que Dios les había ordenado liberar Jerusalén. Este movimiento tiene su paralelo en Francia, donde un joven pastor llamado Esteban, comenzó también a llamar a la Cruzada. Afirmaba que Cristo se le había aparecido bajo la forma de un pobre peregrino. Cronológicamente la expedición alemana precede a la francesa, pues su origen se sitúa entre la Pascua y Pentecostés de 1212.
“Miles de pueri abandonaron súbitamente sus hogares y se dirigieron hacia el Sur con el propósito de llegar a Jerusalén”, dice Peter Raedts. No hay indicios de que nadie les obligara a tomar esta decisión. De hecho las fuentes apuntan que los niños se lanzaron a la empresa incluso contra las directrices de sus padres. Cuando les preguntaban que les había conducido a esta descabellada idea, pues años antes un gran ejército dirigido por reyes y duques había intentado en vano el mismo objetivo, contestaban que seguían “la voluntad de Dios”. Diversas fuentes identifican al niño Nicolás como líder del movimiento. Joahannes de Codagnelus relata que el pequeño tuvo una visión en la que se le había aparecido un ángel. El supuesto mensajero divino le dijo que él y sus seguidores estaban destinados a liberar el Santo Sepulcro y que Dios, al igual que había hecho con los israelitas, dividiría el mar para que pudieran llegar a Tierra Santa “sin mojar los pies”.
Los Cruzados se dirigieron desde Colonia hacia el Sur, siguiendo el curso del Rhin. Está registrado su paso por Sepeyer, sobre el 25 de julio, y posteriormente por Alsacia, donde su llegada debió causar gran expectación, a juzgar por el extraordinario número de crónicas y ‘Annales’ que los mencionan. “Allí por donde pasaban los cruzados eran recibidos con entusiasmo y los lugareños les ofrecían bebida y comida”, dicen las crónicas. Tras descansar unos días reanudaron la marcha hacia Génova. Les movía tal entusiasmo que en algunas jornadas llegaron a cubrir 35 kilómetros al día El viaje debió de ser extenuante, pues se cuenta que muchos murieron a causa del calor, el hambre y la sed, antes incluso de haber llegado a los Alpes.
Orgelius Palis, cronista de la ciudad de Génova, notifica el 25 de agosto, que sobre 7000 mujeres y niños llegaron a la ciudad. “Todos llevaban cruces, objetos de peregrinos y bultos de equipaje”, indica el escribano. Es aquí donde se descalabra la Cruzada de los Niños. Al no abrise el mar tal como les habían prometido muchos partieron al día siguiente, desilusionados. Algunos fueron hacia Marsella y otros a Roma. En este último emplazamiento, el cronista Marbach refiere con sádica satisfacción: “Finalmente comprendieron lo estúpidos que habían sido, ya que ninguno consiguió la exención de la promesa de Cruzada”. Pero no todos habían perdido la esperanza. La Gesta Treveroum informa de que un gran grupo se dirigió al puerto de Brindisi para seguir la expedición en barco. El Obispo les había prohibido embarcar porque sospechaba que el padre de Nicolás tenía la intención de venderlos a los infieles, pero desoyeron sus palabras. Como se temía el prelado unos días más tarde serían capturados por piratas, que los vendieron a los Sarracenos. Era el trágico final de sus sueños infantiles.
Miles de niños partieron hacia Italia pero muy pocos volvieron. “Aquellos que se habían acostumbrado a atravesar las tierras en hordas y multitudes, siempre cantando a los cielos, regresaban ahora silenciosos, descalzos y consumidos por el hambre, tontos a los ojos de todos”, señala el cronista Marbach.
Las diferentes crónicas que relatan estos hechos no se ponen de acuerdo sobre el destino que corrió Nicolás. Así, mientras unas aseguran que murió en Brindisi y que, poco después, su padre se suicidó en Colonia, otras afirman que volvió a tomar la cruz en 1217 para luchar contra los Infieles en Acre y el cerco de Damietta.
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