domingo, 1 de abril de 2007

Tres opciones de vida adulta en el autismo

Flavio regresa a casa acompañado por su madre. Antes de entrar hace mil piruetas, juguetea, da vueltas sobre sí mismo y se agacha para coger piedras pequeñas o arrancar algunas hierbas con sus manos y arrojarlas al aire. Por fin supera la verja del jardín, pero antes de entrar en casa realiza nuevos rituales, como pasar su mano varias veces por los peldaños de la escalera o caminar adelante y atrás. Parece feliz. «Cada día lo mismo. Hay que tener paciencia...», comenta Josefa Rodríguez con resignación. «Anda, Flavio, dile a este señor cuantos años tienes». Se hace un poco de rogar pero responde: «diez». «¿Cómo que diez, pero si tienes 31, y hasta te han salido canas», bromea la mujer.

Flavio es uno de los miles de afectados con trastorno de espectro autista (TEA), un conjunto de alteraciones semejantes pero que se manifiestan en un grado y forma diferente de unas personas a otras. En líneas generales todos los autistas presentan dificultades para la comunicación y la interacción social y desarrollan una serie de patrones repetitivos en su conducta. Los padres son las otras víctimas involuntarias de esta discapacidad, pues muchas personas con TEA requieren una atención constante. Una vida organizada y un horario programado desde la mañana hasta la noche son las claves para conseguir que la realidad que Flavio comparte con su madre sea un modelo de convivencia. A las 9.30 horas Flavio espera el autobús, que le traslada al centro de día de la Fundación Menela, en Galicia, donde realiza diversas actividades tutelado por monitores. Las manualidades y las labores del campo le mantienen ocupado durante la jornada y le permiten desarrollarse en aquello que le gusta. A las seis de la tarde regresa al hogar y ayuda a su madre en los quehaceres cotidianos. «Le mando hacer su habitación y la deja impecable», comenta Josefa con orgullo. Aunque se siente feliz de poder compartir la vida con su hijo Josefa García sabe que la situación no puede durar para siempre y el futuro le preocupa. 

La Fundación Menela, con sede en Nigrán, ofrece una atención integral a las personas con autismo, que también comprende la edad adulta. El inmenso complejo, situado en un entorno natural, se levanta sobre una superficie de 30.000 metros cuadrados, espacio más que suficiente para establecer dotaciones y servicios adaptados a las diferentes edades y características que presentan las personas con autismo. «La Fundación surge a partir de la sensibilización de varias familias y gracias a la donación de terrenos de algunas personas concienciadas con el problema del autismo», explica el presidente de este órgano, Cipriano Jiménez. Los usuarios asisten al centro de educación especial hasta que cumplen los 18 años. A partir de esa edad se incorporan a la unidad de Castro Navás, que dispone de centros de día y talleres ocupacionales para la vida adulta donde los usuarios pueden desarrollar un amplio abanico de actividades. Algunos usuarios, como Flavio, pasan allí el día para volver al hogar por la tarde, otros permanecen en régimen interno en el centro residencial. El reto que se plantea ahora Cipriano Jiménez es crear un servicio para la tercera edad, que cubra la atención de personas con un alto grado de dependencia. «Los autistas tienen derecho a vivir su vejez con dignidad y en unas condiciones adecuada», sostiene. 

Una vida plena ¿Pero es posible que los autistas puedan llevar una vida como la nuestra? ¿Una vida que les permita independizarse de sus padres y trabajar y ganar dinero para lograr su plena integración en la sociedad? Una de las iniciativas más revolucionarias proviene de la asociación Bata para el tratamiento del autismo, con sede en Vilanova. Este colectivo, en estrecha colaboración con la Asociación de padres de Os Mecos ha puesto en marcha dos pisos tutelados o, como prefieren llamarlos ellos, viviendas con apoyo, que combinan el desarrollo de la labores cotidianas del día a a día con programas de inserción laboral en empresas dispuestas a incorporar en su plantilla personas con autismo. 

Alejandra Rodríguez comparte su vida con otros cuatro adultos con discapacidad en una de estas viviendas. «Está con nosotros los fines de semana y siempre que tiene que hacer las maletas para volver al piso siempre va contenta», comenta su padre, Laureano Rodríguez. Una vez incorporados a la vivienda su vida se desarrolla con la misma normalidad que la de cualquiera de nosotros. «Es como si estuvieran en Santiago compartiendo piso con unos colegas. La única diferencia es que aquí cuentan con un amigo más, un monitor de apoyo», explica Natalia Mariño, profesora de Bata. 

Para las personas con autismo son muy importantes los apoyos visuales, por eso utilizan pictogramas que les indican con quien van a estar en cada momento del día. «Unos van al taller, otros a trabajar en empresas ordinarias con monitores de apoyo, hay una chica que está en fisioterapia porque necesita rehabilitación para su espalda», explica Natalia. Por la tarde regresan al piso y hacen actividades en comunidad, como ir al supermercado o al cine. «Son ellos quienes eligen qué hacer en su tiempo libre, porque es muy importante tener en cuenta su capacidad de elección», afirma.
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